quiere estar más segura

Ilustración de gina jrel sobre la duda entre parto domiciliario u hospitalario (www.gina-jrel-art.com )

Las buenas madres no se hacen cesáreas

Publicado: 2014-01-28

- Ellas: "Mi parto fue en casa en el agua", "yo di a luz como las indias, en cuclillas", "mi madre me ayudó a parir y fue lo más lindo del mundo".

- Yo: "Mi parto fue por cesárea en una clínica particular".

Si no lo dijeron, yo igual sentí un enorme oooohhhh … seguido de miradas de condescendencia, un poco de reproche y de "¿entonces qué haces aquí?" ("aquí" con nosotras madres plenas, valientes y auténticas que parimos a nuestros hijos como manda la naturaleza).

Al saber que estaba esperando a mi hijo, quién sabe qué espíritu ancestral tomó cuenta de mí y terminé convirtiéndome en la más ferviente defensora del parto vaginal (no me gusta mucho el término "parto natural" porque la connotación new age que lo acompaña me pone de mal humor). Iba a mis clases de respiración, conversaba con expertas doulas, había dibujado mi cérvix, mi esposo estaba embarcadísimo y amorosamente practicaba conmigo los ejercicios, teníamos ya la pelota para ayudar en las contracciones, había hecho una playlist para el parto y había hablado y peleado con mi ginecólogo para asegurarle que esa era mi decisión. Además fui acompañada en todo el proceso por una maravillosa doula quien logró que mi ultra cínico ser comprendiera que estar embarazada es mágico, animal y poderoso.

Pero a las 38 semanas, la última ecografía mostró (o eso me dijeron) que estaba perdiendo líquido amniótico. Había sentido algo los días anteriores pero nada dramático. El ginecólogo increpó que desde cuándo, yo no sabía con certeza, él dijo que yo tenía que saber porque era peligroso, que cómo no le había dicho que había sentido algunos descensos. Luego me dijo que tenía que quedarme porque a mi hijo le podía dar una infección "y yo no me responsabilizo si te vas". Dos horas y muchas correrías después, nacía mi hijo por cesárea.

Mi esposo, quien tuvo el gusto de conocer a mis sangrientas tripas en este moderno ritual gore al que son sometidas las parejas de parturientas cesareadas, luego me contó que el pediatra que acompañó la operación le dijo que mi saco amniótico no estaba roto, lo rompieron durante la cesárea. Nos quedamos con la idea de que todo había sido un exagerado celo del ginecólogo, que tal vez él pudo esperar más, que no era necesario que me regañara, que como tantas veces habíamos escuchado de otras personas, él nos indujo a la cesárea a través del miedo. Pasamos muchos meses sazonando rabias, reproches, yo ensayando lo que le diría, pensando en denunciarlo ante las autoridades de la clínica. Fui víctima de violencia obstétrica y lo peor era que sabía que el ginecólogo tendría muchos argumentos para contradecir nuestra versión. Para colmo, como si no fuera suficiente mi sensación de indefensión, abuso y quiebra de confianza, adquirí como regalo del destino un gran queloide que estará ahí siempre para recordarme toda la experiencia.

Me tomó mucho tiempo ponerle nombre a la violencia de la que fui víctima. Quienes sufrimos cualquier acto de violencia, sobretodo de género, no queremos asumirlo, es como que diera vergüenza. Tal vez porque este mundo nos obliga a pensar que todo tipo de violencia de género al que una es sometida siempre tiene una cuota de culpa nuestra.

Pero ya no tengo (tantos) malos sentimientos sobre mi cesárea. No quiero sentirme víctima porque mi hijo está aquí conmigo y porque pienso, aunque algunas me contradigan, que el parto es una parte pequeña y breve de la experiencia de ser mamá.

Sin embargo, al leer entrevistas o artículos diciendo que el "parto natural" define la relación madre e hijo, que no hay nada como dar a luz "tal como la naturaleza lo quiere", que la medicina deshumaniza el parto, al escuchar de primera mano varias sandeces contra la medicina y los partos hospitalarios, al percibir el olor de santidad con que se impregnan los partos domiciliarios no puedo dejar de pensar que el lado de la crianza natural también está cometiendo excesos. Le falta empatía para lidiar con situaciones ajenas a la voluntad de una y le falta tolerancia a algo que está en la base de la lucha por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres: la libertad de elegir y que las opciones no sean objeto de escrutinio o menosprecio. El parto libre, humanizado, amoroso, sin humillaciones ni maltratos es lo ideal, evidentemente. Pero mientras exista consentimiento libre e informado, si una mujer decide hacerse una cesárea por las razones que sean, eso es perfectamente legítimo.

Aun cuando el nacimiento de mi hijo ha motivado en mí reproches hacia la profesión médica, no puedo dejar de reconocer que el parto institucional salva miles de vidas. Porque es fácil dar a luz en una casa de partos cuando tu cuerpo no sabe lo que es desnutrición, cuando has asistido a todos tus controles pre-natales y cuando tienes un auto o taxi esperándote en la puerta para llevarte a una clínica que está a 15 minutos si algo no sale bien. El parto no institucionalizado es un lujo en un país como este.

Y vuelvo a recordar cuando conté de mi cesárea al círculo de madres "naturales". Ingenua, pensé que un espacio tan buena onda, de conexión con el yo-mamá, iba a ofrecerme apoyo, que me iban a preguntar cómo fue, cómo me sentí. Pero lo que escuché fue algo como "ya ves, eso te pasa por ir a una clínica" y también un poco de "como siempre, estos médicos sin moral". Por suerte el psicoanálisis se encargó de ofrecer el soporte que no pude encontrar en esos espacios.

También recuerdo el brillante post que publicó hace un tiempo Guadalupe Perez Recalde sobre la santificación de la lactancia materna y cómo detrás de ésta se cuelan actitudes patriarcales respecto a la mujer, a la buena madre. El símil con el parto es inevitable. Las buenas mujeres, las buenas madres dan a luz por vía vaginal. Las otras, las frívolas, las tontas, las manipulables, dan a luz por cesárea. ¿No es esa una estupidez?

Reconozco que la enorme desazón que sentí después de la cesárea fue amplificada por mi ilusión e involucramiento tan cercano con todo lo relacionado con el parto vaginal. Porque creo que muchas mujeres sometidas a cesáreas innecesarias tal vez ni se cuestionan mucho. Agradecen que el niño nació bien y siguen con sus vidas. Y de repente es lo ideal. Corroerse el alma nunca sirve de mucho. Aunque por otro lado, la violencia obstétrica se practica masivamente y las víctimas no la denunciamos porque tenemos todas las de perder ante las clínicas/hospitales y porque esas historias, como todas las de violencia, tienen una carga muy fea que resulta difícil tener que revivir una y otra vez para al final no obtener nada, ni siquiera una disculpa.  

No quiero sonar amargada, aunque tal vez eso sea inevitable al narrar una experiencia como esta, pero creo que en ocasiones la defensa cerrada de la crianza natural, con cuyos preceptos me identifico muchísimo e intento poner en práctica, debería ser más tolerante y empática con quienes intentan todo lo posible y no lo logran o con quienes simplemente deciden no hacerlo. Porque ese artículo que endiosa desmedidamente el parto natural, la lactancia materna, el porteo o el colecho puede estar escondiendo una manera adicional de juzgar a las mujeres y puede estar diciéndoles una vez más, que ellas no son lo suficientemente buenas. Y eso, insisto, es una estupidez.

*Mamacita residente


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mamacitas

Cuando uno es mamá o papá aprende a reconocer que no puede sola/o y que necesita el apoyo de muchas personas. Por eso nace MAMACITAS. Para que compartas lo que hiciste para resolver los mil y un retos de la maternidad. Para que cuentes eso que nadie cuenta.


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